Cuentos cortos La feria

Cuentos cortos La feria

Ya era la segunda semana de agosto y eso solamente significaba una cosa: La feria llegaba al pueblo. Por 30 días, juegos y puestos de comida se colocaban al lado de la iglesia del pueblo.

Eran tan pintorescas y magníficas esas atracciones, que inclusive lograban que otros lugareños de condados cercanos se aproximaran a aquel lugar únicamente con el fin de pasar un rato agradable.

Es cierto que muchas personas aguardaban con ansias que llegara ese momento, pero nadie como Betsy. Ella iba todas las tardes a la feria sólo para poder ver de cerca el carrusel.

Dicho juego era el más grande que había visto en su corta edad. Tenía caballos de varios colores y luces por todos lados. Desafortunadamente, su familia no tenía el dinero suficiente como para pagarle una vuelta en el carrusel.

Por eso acudía a ese lugar y ella como otros niños subían una y otra vez. Mientras la música del juego estaba sonando, ella imaginaba que era una princesa que iba montada en uno de esos corceles propios de cuentos cortos de ensoñación.

Un día uno de los trabajadores de la feria se le acercó a Betsy y le dijo:

– Siempre te vemos por aquí, pero nunca te subes. ¿Te gustaría dar una vuelta?

– No muchas gracias señor. Sólo me gusta mirar.

Obviamente aquel hombre se dio cuenta de que la niña no quería aceptar ese paseo gratis como una limosna, por lo que planeo un ingenioso plan.

Al día siguiente colocó una moneda de plata enterrada cerca del lugar en donde Betsy acostumbraba pararse a observar. Cuando ella llegó, el individuo esperó a que pasaran un par de minutos para luego decirle:

– ¡Eh niña, algo brilla cerca de tu zapato!

La pequeña bajó la vista y vio con mucha alegría y sorpresa que aquel objeto brilloso era una moneda cubierta por tierra. La levantó y fue hacia donde estaba el dependiente para decirle que la cambiaría por una vuelta en el carrusel

El hombre, quien había orquestado todo, le dio el cambio a la niña sin que ésta se diera cuenta que le había reembolsado la totalidad del valor de la moneda. Y es que la felicidad de un infante no tiene precio.